07/06/2017

“La pluma describe…”

* Por Juanjo Guidi

Los que hacemos periodismo o elegimos alguna vez intentar incursionar por el uso de la palabra, sus formas, cómo éstas se pronuncian, juegan, chocan, interceden, se contradicen, se aman, interpelan, preguntan, editorializan, cuentan, inventan. En fin, emocionan y a la vez nos narran de una manera más o menos parcial lo que nos pasa todos los días y no queremos asumir como protagonistas de nuestra propia historia.

Los que hacemos periodismo o elegimos alguna vez intentar incursionar por el uso de la palabra, sus formas, cómo éstas se pronuncian, juegan, chocan, interceden, se contradicen, se aman, interpelan, preguntan, editorializan, cuentan, inventan. En fin, emocionan y a la vez nos narran de una manera más o menos parcial lo que nos pasa todos los días y no queremos asumir como protagonistas de nuestra propia historia.

Muchos, los que incursionamos en la lectura de los que hicieron escuela en serio del periodismo, intentamos  parecernos a ellos, al menos un “tantito así de chiquitito”. Haroldo Conti, el Gabo García Márquez,  Osvaldo Soriano, Paquito Urondo, Juan Gelman,  Rodolfo Walsh. Son algunas plumas que uno referencia, no solamente por su postura y valentía política, sino por su calidad en la escritura.

Era apenas un niño de diez años  quien escribe este artículo, cuando Rodolfo Walsh publicaba sus enormes documentos de  peso político en Ancla (Agencia de Noticias Clandestina), una agencia de noticias fundada por Rodolfo Walsh que funcionó durante la última dictadura en Argentina.

Walsh poseía un amor incondicional  al oficio terrestre de escribir.  Este escritor nacido en Choele Choel y que la mayoría referenciamos cuando muestreamos o pretendemos que la imparcialidad periodística del deseo tenga color a Walsh. Esta pluma en un texto autobiográfico, escribió lo siguiente: “En 1964 decidí que, de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía”. Otra nota, sobre Hemingway, fue titulada como “El común oficio del periodismo”. Ambas formulaciones citan irónicamente la célebre consigna de Raymond Chandler, “el simple arte de matar”

Por estas horas comenzarán muchos amigos y otros colegas a recibir saludos cordiales, canapés, agasajos, por el día D, será momento de reflexión, sonrisas y análisis de cómo viene la cuestión.

Siempre es oportuno celebrar y celebrarse. Alguno les justa más que a otros, otros tienen formas distintas de recordar su oficio, maquina, ordenador, fotografía, bitácora. Generalmente es trabajando, cubriendo la noticia. Pero siempre es bueno celebrarse hasta el silencio es una forma de ceremonia. Esto último sirve para hacer una introspección, mirarse el ombligo si se quiere, para no olvidar los orígenes y ver donde se está parado en el presente. Cuanto de ejercicio intelectual y profesional se le hace a la tarea y como estamos colectivamente.

Ya cada vez menos crédito tenemos, estamos como las instituciones de la democracia, pobres y sin poder de decisión real alguna. Lo que resta es dejar de pasar la papa caliente entre dos o tres microfonadores, escribas o profetas de “la verdad” y volver a las fuentes. Más calle, movileros que te refractan una imagen parcial al menos del día.  Si bien las redes sociales son un nuevo dispositivo de participación social, le quita peso específico al espacio público.

El periodismo ciudadano se ha convertido en protagonista esencial de la realidad social y política, acude, participa del acontecimiento. La diferencia es la calidad del armado de la información, como se reproduce y llega al consumidor. De qué manera, se retransmite las imágenes y las voces, generalmente lo que se toma va sin filtro. No hay análisis  ¿debería haberlo?

Aquí es necesario apelar a la vieja pero tan vigente  palabra pronunciada por los filósofos y que la tenemos muy guardada en estos tiempos de crudo capitalismo exitista,  la ética. Suena como una melodía disonante en estos tiempos. Es el valor de responsabilidad en el uso que cada uno le otorga a la herramienta que posee para comunicar utilidades sociales a la comunidad.

Párrafo aparte, para la formación académica de los estudiantes de Comunicación Social, necesariamente la curiosidad de  pisar el barro será la única manera de honrar  nombres como el de Mariano Moreno,  Rodolfo Walsh,  José Luis  Cabezas y toda pluma inquieta que pretenda esbozar claridad donde los poderes intentan eclipsar con el olvido, sino se terminará siendo un engranaje de la intelectualidad orgánica como denunciaba Gramsci.

Hace unos años se hablaba de periodismo militante y no militante. No voy a entrar en esa disquisición que lo considero un reduccionismo vulgar sin demasiados argumentos. El periodista, como posee el oficio de escribir se sienta a la mesa y procede:   se sienta a la mesa y escribe: “ con este poema no tomarás el poder dice, ni con miles de versos harás la revolución dice.  Y más: esos versos no han de servirles para que peones maestros hacheros vivan mejor, coman mejor o el mismo viva mejor, ni para enamorar a una le servirán” Se sienta a la mesa y escribe. Tal lo expresaba claramente Juan Gelman en su poema Confianzas

El periodista nunca deja de pensar en su contexto cuando escribe. No puede abstraerse de su realidad cultural, deportiva, recreativa, social, política e histórica. El periodista es un sujeto político y como tal, piensa, actúa escribe y su subjetividad impregna su pluma que describe en línea o entrelínea las formas de una realidad que lo circunda.

Tan sólo eso la subjetividad es la que  nos separa del cielo o del infierno.